"La capacidad para aplazar la satisfacción es el sumo arte de la seducción. Las coquetas son las grandes maestras de este juego, orquestando un movimiento de avance y retroceso entre la esperanza y la frustración. Lo cual sólo hace que sus víctimas las persigan más."
El arte de la seducción por Robert Greene.
Ardor y frialdad alternantes. Así era ella, una mujer explosiva, fría y distante.
Estábamos en la casa de mi jefe en una fiesta privada. Todos tenían pareja, excepto yo, y la noche transcurría con normalidad, una fiesta en la que el alcohol y varias sustancias recorrían las mentes calenturientas de los invitados. La mujer de mi jefe era de ese tipo de mujer que parecía respetar a su marido al cien por cien, con clase y elegancia y un saber estar envidiables. No obstante, había algo en ella que no acertaba a definir, algo similar al efecto del dedo en los labios que te pide que guardes silencio. Juego de miradas, mientras todos hablaban de sus cosas, nada que me llamase más la atención que su presencia de femme fatale. La miré y le dije:
-Perdona, pero creo que me he mareado un poco, ¿el aseo? Y ella respondió:
-Arriba, en la segunda planta - Me observó, estudiándome, y dijo - Espera que te acompañe - con una sonrisa que decía: ¡¡Fóllame bien!!
Mi jefe andaba demasiado ocupado, contando batallitas. Nada más llegar, no pude resistir la tentación de atraerla hacia mí y ponerla de espaldas contra la pared, mientras le besaba el cuello y mis manos jugaban con su cuerpo, a la vez que le rozaba el culo con mi enorme barra de acero. Le di la vuelta, la desvestí y comencé a acariciar sus pezones con mi lengua. Mientras mis manos juguetonas hacían malabares con su sexo, le volví a dar la vuelta y le dije:
-Lo estabas deseando tanto como yo, ¿eh, perra?
-Mmm. ¡Me pones a cien, hijo de puta! Llevas más de una semana sin follarme y eso no te lo perdonaré. Abrí uno de los cajones, saqué un pañuelo para vendarle los ojos y la senté:
-¡Cométela, vamos! Te va a encantar el regalo que tengo para ti.
Empezó a saborear toda mi esencia, mientras la música inundaba toda la casa.
La giré y la puse de manos en el tocador, mientras le lamía su sonrisa vertical y su agujero negro. Noté como le temblaban las piernas. A continuación, le refregué la punta de mi rabo por su coño bien lubricado y se la enchufé de un golpe, así una decena de veces. Comencé a frotarla como un animal en celo. La sentí correrse entre contracciones mientras le bajaba por sus muslos, y empecé a refregarle mi enorme barra por su anillo de cuero negro, mientras poco a poco se la iba hundiendo entre chillidos.
-¿Te duele? -Sí, pero me encanta. ¡No pares! -Finalmente estallé dentro de ella y me limpié con su tanga:
-Toma. No olvides dárselo a tu marido.
-Maldito cabrón.
Bajamos y nadie parecía haberse dado cuenta de nada. La fiesta continuaba.
Mi jefe estaba a punto de cerrar un contrato con una multinacional. Había mucho dinero en juego y la reunión requería un sitio adecuado para la labor; un sitio apacible, lujoso y por todo lo alto, un súper complejo hotelero de lujo en Singapur. Yo era la mano derecha de mi jefe así que, junto a su mujer, que siempre lo acompañaba en este tipo de viajes, donde mi presencia era absolutamente necesaria, emprendimos esta aventura.
Llegamos al hotel y empezó el cóctel de bienvenida con toda la cartera de clientes a la que mi jefe estaba dispuesto a vender aquel proyecto al mejor postor. Allí conocí a una secretaria de un Jeque árabe jodidamente cautivadora. Nos sentamos y comenzamos a hablar, mientras la mujer de mi jefe no me quitaba ojo de encima, viéndome coquetear con aquella secretaria de rasgos árabes de belleza incalculable. Entonces la miré y le guiñé un ojo. De repente, la mujer de mi jefe se me acercó y fingió torcerse un tobillo. Rápidamente, la agarré y su marido le preguntó si se encontraba bien. Ella le dijo que no y que prefería esperarlo en la habitación, así que decidí acompañarla a su suite. En el ascensor:
-¿Te lo has montado bien, eh?- le pregunté con sarcasmo, antes de morderle el labio con furia.
-¡Ay!- se quejó, dándome un manotazo en el hombro.
- Calla, manipulador. Suspiró mientras me miraba de reojo, con una ansiedad apenas perceptible, camuflada bajo sus ardides de dominatrix experta, y añadió con tono y mohín infantil estudiados :
-Te gusta esa secretaria.
Sonreí con cierto desdén y le respondí con falsa reticencia, satisfecho de su reacción de hembra celosa:
-Parece simpática... Su reacción no se hizo esperar... como yo presagiaba:
-Simpatía es lo que te voy a dar yo ahora.
La dejé en la habitación, me metí en la ducha y, al salir, allí estaba ella. Me la llevé a la escalera que subía al dormitorio y allí comenzó nuestro simpático juego. Se acercó a mí y nos besamos con ansia, acompañado de caricias ardientes, tocaba sus piernas que eran tan deliciosas. Mientras ella lamía su mano, y seguidamente la pasaba sobre mi barra, que ya estaba bien erecta.
-¿Te gusta mi rabo, putita? No se te va a escapar- reí. De repente, una breve chispa de odio asomó a sus ojos, velados rápidamente por una máscara de picardía:
-Sabes que me gusta la carne fresca... Y tengo algunas presas en reserva... ¿has visto el servicio que se ha contratado para hoy? Yo... Le metí mi sexo en la boca para que se callara y le espeté:
-Calla y, ya que hablas de servicio, degusta mi plato especial.
Me tragó con ansia, devorándome el rabo como si le fuera la vida en ello. Sus ojos relucían como llamas de un demonio inflamado en un deseo voraz. Le saqué la polla de la boca con brusquedad, robándole el caramelo. Me miró desconcertada por un momento, aún recuperando el aliento, cuando empecé a lamer sus pezones y acariciar su vulva, que ya chorreaba sus jugos, empezaron esos gemidos que tanto me gustaban y la arrojé boca abajo sobre la cama. Enredé mi mano en su pelo y tiré con fuerza de él para ponerla como lo que era: una tremenda perra viciosa. Le embestí con la polla a punto de reventar, con la furia del deseo invitándome a llenarla de mi carne. Unos instantes después, ella se corrió por segunda vez, me dejé caer a su lado y ya se la veía agitada, así que me puse sobre ella y lentamente fui metiéndole mi polla, así ella disfrutaba cada centímetro que le introducía. Empecé con movimientos suaves y circulares:
-¡¡Hazme sentir tuya!! ¡¡Maldito cabrón!! ¡¡¡Cómo me gusta!!! Así que empecé con penetraciones más duras, mientras ella no paraba de gemir.
-¡¡Gozaaaa, maldita perra!! ¡¡¡Gozaaaaa!!!
Hasta que la llevé al clímax otra vez. La puse de rodillas y me senté en el filo de la cama, contemplando su culo. Primero le froté bien la raja y después le perforé su puerta de atrás... Pasión en estado puramente salvaje. Acabamos los dos, estallando entre gemidos de puro placer. Me acosté a su lado, me besó y luego bajó a mi polla para limpiar cada gota de semen que quedaba, con su dulce lengua de fuego.
-¿Cómo está tu tobillo?-le pregunto, levantando una ceja, sonriente. Me miró con los ojos brillantes, con un fulgor que me alertó por la devoción que vi en ellos, una devoción insana:
-Perfectamente- sonrió y, tras lanzarme una mirada punzante, me arañó la espalda, como una loba devorada por las fauces de sus celos, marcando a su macho. En esencia el dominio del erotismo es el dominio de la violencia.
Al día siguiente, me crucé con aquella secretaria en el bar del hotel. Cuando su jefe y sus hombres se iban, sus cabezas giraban alrededor de sus cuellos. Realmente nunca habían visto tanto esplendor exótico y nunca entenderían con cuánto cuidado había orquestado sus detalles. Me acerqué a la barra y me senté junto a ella. Pedí una copa y, una vez servido, me volví hacia ella, la miré con una sonrisa y la saludé:
- ¡Hola!
- Hola, ¿Qué tal se encuentra la mujer de tu jefe?- inquirió con una leve sonrisa.
- Muy bien- respondí-. Un pequeño accidente, pero sin importancia. La miré a los ojos mientras me llevaba la copa a los labios y su sonrisa se hizo más amplia cuando me habló otra vez:
-Sí, muy sutil su manera de torcerse el tobillo- y rió con suavidad. Empezamos a charlar y una copa llevó a otra; era sábado noche y el sitio perfecto para seducir o ser seducido. A mi parecer, la seducción debía centrarla en los actos más que en la conversación, porque los sentimientos de un hombre quedan a veces más revelados por un gesto de respeto o cierta timidez que por volúmenes de palabras. Me levanté y la invité a dar un paseo para contemplar aquellas maravillosas vistas desde la terraza. Le puse mi chaqueta por encima de los hombros, mientras contemplaba su belleza. Y, entre risas y palabras, surgió aquella pregunta:
-¿Te gustaría darte un baño a la luz de la Luna o, mejor aún, a la luz de las velas? Por supuesto, no esperaba palabras por respuesta...
-Me encantaría pasear contigo bajo la luz de la Luna- dijo ella.
Así que nos dirigimos a la playa. La primera preocupación de un dandy es no hacer nunca lo que se espera que haga, ir siempre más lejos, lo inesperado puede ser un gesto, pero un gesto muy fuera de lo común. En ese momento, sonó mi teléfono móvil. Me disculpé ante Jazmine y contesté. Era la mujer de mi jefe, deseosa de que fuese a darle un beso de buenas noches, ya que su marido andaba demasiado ajetreado con sus amigos árabes.
-Creo que lo nuestro debería acabar, aquí y ahora- le dije. Un gemido que murió cuando se convertía en un chillido agónico me respondió, seguido de un silencio tras el que me aulló:
-Pero... ¿¿¿qué dices??? ¿¿Estás loco?? Si se te ocurre hacerme eso, te juro que te haré la vida imposible. No juegues con fuego. Si no eres para mí, no serás para nadie, ¿te enteras?
Sorprendido por el ímpetu de su furia y la inusitada reacción de una mujer que creía un modelo de clase y saber estar, le inquirí:
-¿Es una amenaza?
-¡¡No!! Es una promesa te lo juro ¡¡Ni se te ocurra!!- bufó, como una loba enloquecida.
Tomé aire lentamente y le respondí con voz serena y sonriente:
-No creo que estés en posición de prometer semejantes cosas. Pero, correré el riesgo. Cuídate.
Colgué y me volví hacia Jazmine, que permanecía a mi lado con cierta curiosidad. No le había pasado desapercibido el ataque de histeria de aquella mujer, ya que sus chillidos habían traspasado ampliamente el altavoz del móvil.
-¿Qué le das a esa mujer? Solté una carcajada y la besé antes de responderle, restando importancia a la conversación de la que había sido testigo:
-Nada del otro mundo. Sólo algo que su marido olvidó darle durante mucho tiempo. Ella asintió pensativa y, de repente, se incorporó con una sonrisa y me dijo con voz incitante:
-¿Sabes? No es de buena educación hacer esperar a una dama. Mientras tanto, se desnudaba mirándome a los ojos y sus pies descalzos recorrían la fina arena adentrándose en el agua...
¿Miedo? ¿Quién dijo miedo habiendo hospitales?
La mujer de mi jefe creía que podía extorsionarme, amenazándome con sus pretensiones de mujer despechada por la frustración del rechazo. Y Jazmine ya había caído en la tela de araña así que, como la misma araña, tenía que seguir tejiendo mi estrategia, ya que esa mujer tenía que ser para mí. ¿Por cuánto tiempo? No lo sé ni me importa, pero lo será. Decidí trazar un plan. El tiempo jugaba en mi contra, así que lo planeé todo minuciosamente: un correo al email de mi queridísima mujer infiel, unas fotos algo comprometedoras montándoselo con alguien poco visible. Y una frase que decía algo así:
"¿Así es como quieres jugar? ¿O tienes un as en la manga? Porque te podría hacer falta".
Tenía dinero de sobra, ya que, gracias a mi jefe, había obtenido unos contactos muy ambiciosos que sabían que el viejo estaba acabado y que quería retirarse en breve y estaba terminando de atar cabos. Lo que la mujer de mi jefe parecía ignorar era que... el mal adopta cualquier forma. Volví a quedar con Jazmine después de nuestro encuentro en la playa. La fascinación que ejercía sobre mí era irresistible. Su conversación cautivadora y el encanto de todo su ser hacían que la belleza de su semblante me traspasara el alma como un aguijón.
-¿Qué harás ahora?- me preguntó mientras removía con el dedo la superficie de su copa. La miré con extrañeza y le contesté que no sabía a qué se refería.
-Respecto a la mujer de tu jefe. ¿Crees que te causará problemas? Su voz era deliciosamente melodiosa y poseía la misma variedad de modulaciones que un instrumento de muchas cuerdas. Adoraba su presencia gracias a la atracción de su canto, de su voz, de su perfume. La pantera perfumada. Mantuve un instante su aroma en mi pensamiento antes de responderle:
-¿Acaso importa?- Hice una pausa- No, no lo creo. Ella sabe que es una mujer casada y yo no tengo a quien rendir cuentas, ¿no crees? No pertenezco a nadie, más que a mí mismo, claro. Jazmine me observó un instante con los ojos entrecerrados, tras los que intercepté un destello astuto que se esfumó cuando habló:
-Nunca subestimes el despecho de una mujer- contestó jugando con su dedo sobre el mantel-. Entiendo su rencor hacia ti. Yo tampoco te soltaría tan fácilmente... Y me regaló una sonrisa tan tentadora que disipó cualquier asomo de duda.
¿Puede el ojo ser engañado por el sabio disimulo del amor? Después de cenar con ella junto a la magia de aquel lugar, volvimos a pasar la noche juntos. Aunque tenía el presentimiento de que alguien nos estaba observando muy de cerca. Después de pasar otra maravillosa noche con Jazmine, necesitaba pasar por mi habitación, darme una ducha y hacer un par de llamadas.
-¿No te quedas a desayunar?- me preguntó desde la cama.- Puedes usar mi ducha, si lo deseas... y a mí. Reí mientras me terminaba de abrochar los pantalones y la camisa. Me incliné a besarla en la frente.
-Gracias, pero no. Tengo cosas que hacer y no las puedo dejar pendientes. Y, entonces, ese extraño destello lobuno asomó a sus ojos otra vez:
-¿Quedamos para comer entonces? Dejé el último botón a medio abrochar, despierta mi cautela, en alerta. La miré y no me gustó lo que vi, su ansiedad. Me senté en la cama junto a su cuerpo extendido hacia mí y le sostuve la mano:
-Cariño, me has hecho disfrutar mucho y, modestia aparte, creo, a juzgar por tus bufidos de placer anoche, que tú también te lo has pasado en grande. Pero soy un pájaro que vuela libre. Entonces ella arrancó su mano de la mía al levantarse bruscamente:
-No soy mujer que se deje usar- escupió. Respiró hondo, se serenó y preguntó -¿O es lo que creías?
-Todo lo que te puedo decir, nena, es que todos nos usamos en algún momento. C'est la vie! Le dí un beso fugaz, cogí mi chaqueta y me fui, dejando que la puerta, al cerrarse, la ocultara de mis ojos lentamente. Despecho... ¿es posible? ¿Tan pronto?
Llegué a mi habitación con la sorpresa y la duda llenando de ideas mi cabeza. Mientras me duchaba, escuché un ruido. Cogí una toalla y salí del baño. Allí estaba ella: la mujer de mi jefe, sentada en la cama con una pistola con silenciador. Vestida para matar.
-¿Sabes? Pensaba pagar para que te matasen, pero ¿perderme el placer de volarte los sesos por toda la habitación? Te avisé... Así que hoy, querido, te partiré el alma en dos.
-Tranquila y piensa en lo que estás haciendo. Seguro que podemos arreglarlo.
-Claro que sí. ¡¡Empieza por arreglar esto!! Un disparo... ¡¡Bang!! Dos disparos y la locura... ¡¡Bang!! Dos disparos impactaron en mi pecho desgarrando mi piel. No era la sensación de un cuchillo atravesándote la carne, frío mortal. Esto era distinto, la carne me ardía por dentro.
-¿Qué se siente? ¿Te gusta? Siente todo mi calor. ¡¡Maldito hijo de puta!!
Sentía que la vida se me iba por momentos y, en ese instante, ella se levantó y se aproximó a mí, mientras que, en el suelo, tumbado, no paraba de desangrarme.
-Toma. ¡Un puto As en la manga! Y así fue como ella depositó aquella carta, encima de mi pecho. Como decía aquella película:
"Pensé que mi ambición sobrepasaba con creces mi talento: ya no quedan mujeres guapas ni caballos blancos delante de mi puerta."
Blow
Everyday day is exactly the same

